lunes, 2 de junio de 2014

Zeus se disfraza de toro y se hace adicto al pasto

Cuando dimos nuestros primeros pasos en el siglo XXI nos impactó la aparición de los llamados realities shows. Disfrazados de experimento sociológico, precedidos de 1984 y, más recientemente, El Show de Truman, estos espacios televisivos crearon expectativas e interés, al menos durante las primeras emisiones. Los casting y la temática sentimental exacerbada actuaron como catalizadores de la descomposición de estos espacios a los ojos de buena parte de la audiencia, hasta el punto de que una mayoría los relegamos al olvido o al "es lo que es".

El espacio-tiempo empleado para estas estructuras televisivas no ha sido baladí, aquí tienes una lista de los realities emitidos en España.

Desde entonces, los formatos televisivos no sólo no han roto su idilio con la llamada telerrealidad sino que se han esforzado por rodearla de una falsa didáctica. Cada paso hacia el reportaje y de separación de la emoción de posibles concursantes es un paso hacia el engaño. No el engaño al intelecto ni al buen gusto ni al entretenimiento. Un engaño a la percepción, el cimiento fundamental de las mitologías.

Escuelas de música, convivencia en un autobús o supervivencia en el Caribe dieron paso formación como futbolistas o como actores y así hemos vivido en una constante reinvención de la realidad. En mi opinión, este proceso culmina con espacios en los que la individualidad ha relegado las relaciones grupales y, una supuesta formación-especialización, han dotado dicha individualidad de criterio. Mírese: El último superviviente. ¿Quién le graba? ¿Por dónde se mueve quienes le graban? ¿Los cámaras o acompañantes llevan alimentos?¿Llevan medicamentos?



Merece especial mención el espacio de Cuatro: 21 días. Pocos 'docurealities', así se le llama en el ramo al género, han confundido tanto la información con el espectáculo. Nótese que uso el verbo confundir, no conjugar. Disfrazado de periodismo, peor aún, de periodismo de investigación; el espectador se deja llevar en la confusión de experiencias y relatos de la protagonista del espacio. Seamos realistas, una persona son anorexia, un adicto al sexo o un ludópata sólo sienten lo que sienten porque son lo que son; los actos no crean la persona indiscriminadamente, también la persona se lanza a los actos (muchas veces de forma irrefrenable). La pasión de la autodestrucción no se puede simular, ni se puede documentar en alguien ajeno a dicha pasión. Ésta es la gran mentira de estos programas, su mito. Donde falla la esencia, el proceso y al espectador.





Les dejo el vídeo de un documental bastante popular en su momento, Super Size Me, en el que un periodista decide alimentarse exclusivamente de comida de la cadena de comida rápida McDonald. Creo que la cinta admite una reflexión, no tanto sobre el tema que trata, como si es la manera más legítima de transmitir un mensaje al público.



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